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30.1.12

Nueva derrota de la fiscalía en el caso Bombas: tendrá que pagar las costas del juicio


26 DE ENERO DE 2012

Nueva derrota de la fiscalía en el caso Bombas: tendrá que pagar las costas del juicio


El fallo al respecto, estableció que “no resulta serio, prudente ni respetuoso sostener que se litigó con motivo plausible” para haber mantenido al grupo de jóvenes anarquistas ocho meses en prisión por formar parte de una supuesta organización terrorista.

La Séptima Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago rechazó el recurso de apelación que presentó la Fiscalía Metropolitana Sur para eximirse de pagar las costas del proceso judicial por el llamado caso Bombas. De esta forma, el Ministerio Público deberá cancelar más de 29 millones de pesos por el proceso, los que incluyen los honorarios de los abogados defensores.
A fines de diciembre pasado, la Primera Sala de la Corte de Apelaciones acogió un recurso de hecho presentado por el Ministerio Público y le concedió el derecho a apelar de la condena en costas impuesta por el Octavo Juzgado de Garantía, luego de sobreseer a 14 imputados del caso. La Fiscalía buscaba revertir la decisión que le ordenó pagar el valor de todo el proceso que terminó infructuosamente tras cuatro años de investigación, en la arista que perseguía la asociación ilícita. En la oportunidad la Primera Sala, en votación dividida, resolvió acoger el recurso de hecho considerando que fue el propio Ministerio Público el que pidió el sobreseimiento de la causa, por lo que consideró como un derecho la posibilidad de apelar en cuanto a la condena en costas.
El fallo al respecto, estableció que “no resulta serio, prudente ni respetuoso sostener que se litigó con motivo plausible” para haber mantenido al grupo de jóvenes anarquistas ocho meses en prisión por formar parte de una supuesta organización terrorista.
Según informó Radio Bío Bío, el abogado defensor de Pablo Morales, Mauricio Daza, indicó que quienes deberían pagar las costas son el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, y el ex fiscal Alejandro Peña por su actuar en este caso.

12.7.10

La Roja de “todos”

12-07-2010

La Roja de “todos”

Paul Walder
Punto Final


La eliminación de la selección chilena nos ha hecho poner nuevamente los pies en la tierra. Se trata de un ritual que la historia más reciente no había registrado desde el Mundial de Francia, en 1998, pero que ha tenido expresiones en otros y muy diversos eventos. Es un rito expiatorio levantado por los medios de comunicación, que en la interpretación y reinterpretación de los mismos hechos busca alejar los viejos y endémicos fantasmas que cruzan nuestra historia ciudadana.

Si atendemos a la charlatanería periodística, la selección chilena se transmuta en un elemento redentor, un talismán que nos protege de toda aquella mitología y hechicería que ha construido una malograda identidad. Como si el uso y abuso de frases como “mentalidad ganadora” , “Chile, haciendo historia” o “actitud triunfalista” pudieran encantar a ese otro Chile, o “Chilito”, aquella “chilenidad” creada e instalada no por el pensamiento ganador de la oligarquía y sus medios, sean políticos, culturales o de comunicación, sino por un pueblo sufriente e históricamente derrotado. Como si un partido de fútbol o dos días extra de fiesta para el Bicentenario fueran a esfumar, cual hechizo, esa carga histórica que pesa no como una maldición de los dioses o de la naturaleza, pero sí como resultado de una construcción social, económica, política.

El Chile del Mundial, el país triunfador, expresado en una selección chilena de rasgos físicos muy representativos, es más un producto publicitario que una expresión de la movilidad social. Es ilusión, pero especialmente deseo y aspiración social de integración, de término de las discriminaciones, de fin de la exclusión. Es el Chile de las oportunidades representado y construido en la selección de Marcelo Bielsa, efecto de un trabajo largo y extenuante. Es el resultado de un bien diseñado y elaborado proceso. Es gestión, es trabajo. Es excelencia.

Cabe hacerse la pregunta, ¿qué Chile es representado por la selección? ¿Somos todos? Porque se dice y se repite es “la Roja de todos”, cuyos atributos, su “mentalidad ganadora”, “actitud triunfalista” o su capacidad de “hacer historia” entre otros rasgos positivos, serían también de todos. Todos los chilenos compartiríamos esa nueva actitud ganadora, todos estaríamos escribiendo otra y mejor historia. Pero se trata de un discurso publicitario levantado con fruición por los medios y alentado por las elites políticas.

Aun cuando vemos que la selección es representativa de la noción física de la chilenidad, de nuestro mestizaje, sus atributos no son compartidos por todos los ciudadanos que conformamos la chilenidad. Porque en no todas partes están esas oportunidades, ni el término de las discriminaciones y las marginaciones. Y tampoco el trabajo que permite esos resultados. Para comprobarlo no hace falta ir muy lejos: miremos los resultados del Simce, que reflejan un país desintegrado; observemos los indicadores de la OCDE para Chile, con la peor distribución del ingreso en Latinoamérica y posiblemente en el mundo.

El buen desempeño de la selección, levantado por los medios y otros poderes, es sólo la cara bonita del Chile de hoy. Un país controlado por el sector privado (¡y cómo ha penetrado hasta el fondo en el fútbol!), campeón de la gestión empresarial, obsesionado por los resultados y por la excelencia. Un proceso que si bien puede tener esos buenos efectos, no puede afirmar que sean extendidos ni menos integradores. Porque si es un proceso, un trabajo que ha generado más comercio, más negocios, más crecimiento económico, éste es segmentado y discriminador. El proceso de gestión que conduce a la excelencia no sólo es discontinuo, es también arbitrario y excluyente.

La Roja podría ser de todos, como si fuera una verdadera representación de un país de oportunidades e integración. Pero es publicidad y todo tipo de oportunismos aledaños. Es fútbol, es espectáculo, pero también es un negocio, cuyo espíritu, que es el lucro, no lo diferencia de muchos otros negocios. Es un complejo servicio de consumo masivo, un negocio de los afectos e integración, en tiempos de soledades y desintegración. Pero especialmente en tiempos de pérdida de identidad y otras referencias elementales.

Qué más quisiéramos que la Roja fuera una realidad. Pero en el Chile neoliberal, en el Chile privado, privatizado y mercantilizado, en el país de todas las modernidades, de la alta gestión, de los tratados comerciales, en el país que juega en “las grandes ligas” (la cita futbolística no es nuestra, sino data de algunos de los gobiernos de la Concertación), lo que no es negocio no existe. El resto es invención, ilusión, deseo, aspiración. Es espectáculo, publicidad y medios de comunicación. Y si algo más hay, queda fuera, como despojo.

(Publicado en “Punto Final”, edición 713, 9 de julio, 2010)

www.puntofinal.cl


Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=109439

9.6.10

La internacionalización de la amazonía

La internacionalización de la amazonía


Declaraciones de Cristovão “Chico” Buarque.
Comentarios de Pocho Morales


No todos los días un latino, en este caso un brasileño, le da una buena respuesta y educadísima bofetada a los estadounidenses. Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual Ministro de Educación de Brasil, CRSTIVÃO “CHICO” BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la Amazonía. Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo su pregunta, diciendo que esperaba la respuesta de un humanista, no de un brasileño.


Ésta fue la respuesta del Sr. Cristivão Buarque:



“Realmente como brasileño, sólo hablaría en contra de la internacionalización de la Amazonía. Por más que nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio, él es nuestro. Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación ambiental que sufre la Amazonía, puedo imaginar su internacionalización, como también de todo lo demás, que es de suma importancia para la humanidad.
Si la Amazonía, desde la ética humanista, debe ser internacionalizada, internacionalicemos también las reservas de petróleo del mundo entero.
El petróleo es tan importante para el bienestar de la humanidad como la Amazonía para nuestro futuro. A pesar de eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de aumentar o disminuir la extracción del petróleo y subir o no su precio.
De la misma forma, el capital financiero de los países ricos debería ser internacionalizado. Si la Amazonía es una reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar solamente por voluntad de un dueño o de un país. Quemar la Amazonía es tan grave como el desempleo provocado por las decisiones arbitrarias de los especuladores globales. No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación.
También antes que la Amazonía, me gustaría ver la internacionalización de los grandes museos del mundo. El Louvre no debe pertenecer sólo a Francia. Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio cultural, como lo es el patrimonio natural amazónico, sea manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país. No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro. Por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido internacionalizado.
Durante ese encuentro, las Naciones Unidas estuvo realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de países tuvieron dificultades para participar, debido a situaciones desagradables surgidas en la frontera de los EE.UU. Por eso, creo que Nueva York como sede de las Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos Maniatan debería pertenecer a toda la humanidad. De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de Janeiro, Brasilia… cada ciudad, con su belleza específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero.
Si EE.UU. quiere internacionalizar la Amazonía, para no correr el riesgo de dejarla en manos de los brasileños, peruanos, colombianos, ecuatorianos, bolivianos, etc., internacionalicemos todos los arsenales nucleares. Basta de pensar que ellos ya demostraron que son capaces de usar esas armas, provocando una destrucción miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas en los bosques de nuestra selva.
En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia de los Estados Unidos han defendido la idea de internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda. Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a todos ellos sin importar el país donde nacieron, como patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero.
Mucho más de lo que se merece la Amazonía. Cuando los dirigentes traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían estudiar; que mueran cuando deberían vivir. Como humanista, acepto defender la internacionalización del mundo; pero, mientras el mundo me trate como brasileño, lucharé para que la Amazonía, sea nuestra. ¡Solamente nuestra!”

Observación: Este artículo fue publicado en el New York Times, Washington Post, Usa Today y en los mayores diarios de Europa y Japón.
Mientras que en Brasil y el resto de Latinoamérica, este artículo no fue publicado. Ayudenos a divulgarlo. Piensa en tu responsabilidad y compromiso con el medioambiente.

19.5.10

El mito del fundamentalismo del mercado libre

El mito del fundamentalismo del mercado libre
Dean Baker · · · · ·

11/04/10



“Deberíamos enterrar de una vez por todas el concepto de ‘fundamentalismo del mercado libre’. En este debate no hay fundamentalistas del mercado libre. Lo que hay son conservadores que quisieran que nos creyéramos que sus normas equivalen al natural funcionamiento del mercado. Los progresistas no deberíamos ponérselo tan fácil”.

Durante el último cuarto de siglo, los progresistas no han dejado de lanzar diatribas contra el “fundamentalismo del mercado libre”. Su principal queja se refiere a que los conservadores quieren eliminar el sector público y dejarlo todos en manos del mercado. Pero este planteamiento es un completo disparate.

La derecha tiene tanto interés como los progresistas en que el sector público se implique en la economía. La diferencia radica en que los conservadores quieren que el sector público intervenga de un modo que redistribuya el ingreso en provecho de los más pudientes. La otra diferencia está en que la derecha es lo suficientemente lista como para ocultar estas intervenciones, tratando de que parezca que las estructuras que redistribuyen el ingreso hacia los de arriba no son más que el resultado del funcionamiento natural del mercado. Los progresistas estamos favoreciendo la causa de los miembros de la derecha cuando les acusamos de ser unos “fundamentalistas del mercado”, dando por buena la idea de que los conservadores efectivamente desean una estructuración de la economía de acuerdo con su estado natural.

Este no es un problema que tenga que ver simplemente con el punto de vista o el enfoque que se dé al problema; aunque no cabe duda de que el enfoque también importa. En el caso concreto de la cultura política estadounidense, unos resultados económicos que parezcan ser el producto del funcionamiento natural del mercado pueden resultar más atractivos que las supuestas maquinaciones de unos burócratas gubernamentales. Si calificamos las posiciones de la derecha como simplemente consistentes en dejar que el mercado siga su curso natural, entonces lo que hacemos es colocar a las políticas públicas progresistas en una posición de gran desventaja política.

La confusión provocada por esta guerra erróneamente encauzada contra el fundamentalismo del mercado sobre el diseño de las políticas públicas es aún más grave que el daño político que provoca. Los progresistas no tenemos que ver al sector público como el instrumento para modificar los resultados del mercado. Lo que tenemos que entender es que, al igual que nuestros oponentes conservadores, debemos buscar formas de estructurar las normas que regulan el mercado para que los mercados produzcan resultados deseables desde una perspectiva progresista.

El rescate del sector financiero ha constituido la más obvia intervención reciente del sector público para redistribuir el ingreso hacia los más ricos. Cuando a finales del año 2008 Goldman Sachs, Citigroup, Morgan Stanley y el resto de grupos financieros se veían abocados a una quiebra irremisible, en ningún momento se enrocaron exigiendo que el sector público les dejara solos. No, esos gigantes financieros pordiosearon para que la administración pública les prestara dinero a tipos de interés inferiores a los del mercado y para que garantizara sus activos. Entidades como Goldman Sachs incluso insistieron en que el sector público debía participar en el aval de las deudas de sus socios en la quiebra bancaria, como en el caso de AIG.

La desregulación también aumenta la rentabilidad, y nada tiene que ver con el libre mercado. En otras palabras, lo que el sector financiero quiere es que la administración pública les proporcione “garantías” a través de la Reserva Federal, del Fondo Federal de Garantía de Depósitos y de los múltiples canales establecidos ad hoc, pero lo que en modo alguno quiere es tener que pagar por ello. Y tampoco quiere que este sistema de garantías tenga restricción alguna. En efecto, lo que el sector financiero quiere es poder gestionar una empresa de fabricación de explosivos que esté ubicada fuera de su domicilio y tener que pagar por ella la misma prima de seguro residencial que pagaría cualquier vivienda normal. A esto no se le puede llamar libre mercado.

Las demandas del sector financiero sobre el sector público no son cualitativamente distintas de las que realizan otros sectores en el proceder de las intervenciones públicas en punto a estructurar el mercado. Para poner otro ejemplo, la administración pública otorga monopolios de patentes a las empresas farmacéuticas que permiten a éstas fijar el precio de los medicamentos a unos niveles que superan en porcentajes de varios cientos –o incluso miles– los precios que estos medicamentos tendrían en un mercado competitivo. Como resultado de la protección de las patentes, muchos medicamentos se venden a precios de cientos o miles de dólares por receta cuando, de venderse en un mercado competitivo, la mayoría podrían adquirirse a precios de 4 o 5 dólares por la misma receta.

Los monopolios de patentes tienen una importante función económica (ofrecen un incentivo para la investigación para la obtención de nuevos medicamentos), pero es evidente que no son el único medio disponible para financiar la investigación y desarrollo. Cada año, el sector público destina más de 30.000 millones de dólares en la financiación de la investigación biomédica a través de los Institutos Nacionales de Salud, un monto comparable a lo que el conjunto del sector destina a investigación. En principio, podríamos reemplazar la investigación financiada por el sector farmacéutico a través de la inversión pública directa en investigación. O, como ha sugerido el premio Nóbel de Economía Joseph Stiglitz, la investigación podría seguir realizándose como hasta ahora, pero podrían comprarse las nuevas patentes mediante un sistema de evaluación. De acuerdo con este sistema, un comité fijaría los precios de las nuevas patentes y pagaría estas cantidades a los titulares de las patentes. Esto permitiría que los medicamentos basados en nuevas patentes pudieran venderse como genéricos en un mercado competitivo.

Podemos discutir mucho acerca de si estos mecanismos constituyen alternativas mejores al sistema actual en punto a fomentar la investigación de nuevos medicamentos que son necesarios, pero lo que está fuera de toda duda es que el sistema de patentes no es de libre mercado y de que no es esencial para financiar la investigación en nuevos medicamentos. Quienes defienden las patentes sobre medicamentos no pueden decir que están promoviendo un mercado libre.

La realidad es que en todo esto hay mucho dinero en juego. En el último año, el país gastó más de 250.000 millones de dólares en medicamentos con receta médica. En un mercado competitivo el precio aproximado de estas mismas recetas habría sido de unos 25.000 millones de dólares. La diferencia de 200.000 millones de dólares daría para cubrir los gastos de programas como el de los cupones para alimentos, el programa estatal de seguros médicos infantiles (SCHIP, en inglés) o el programa Head Start para servicios de educación, salud y nutrición de niños y familias pobres.

Además, el auténtico pozo sin fondo en el que se ha convertido este sistema monopolista de patentes tiene claros visos de seguir profundizando esa dinámica de gasto a gran velocidad. Los gastos por recetas médicas constituyen el factor de crecimiento más acelerado de todos los costes relativos al sistema de salud. Está previsto que en 2019 el país gaste casi 500.000 millones de dólares en medicamentos con receta médica. Durante la próxima década, se prevé que los gastos sobrepasen los 3’5 billones de dólares, con un exceso de reembolsos a la industria farmacéutica cifrable en unos 3 billones de dólares, una cantidad que supondrá más del triple de lo que se gastará en la reforma sanitaria propuesta por el Congreso de Estados Unidos.

Algo similar puede contarse acerca de los derechos de autor. Bill Gates es un hombre increíblemente rico porque el gobierno de Estados Unidos le ha cedido el monopolio sobre Windows, amenazando con sancionar o arrestar a cualquier persona que lo venda o done sin el permiso de Gates. Sin el monopolio creado por la protección de los derechos de autor cualquiera en cualquier lugar del mundo podría bajarse instantáneamente los programas de Microsoft sin coste alguno. Al igual que las patentes sobre medicamentos, los derechos de autor tienen una importante función económica. Constituyen un incentivo para el trabajo creativo y de innovación, como el de desarrollar nuevos y mejores programas informáticos o producir buenas películas y música, aun cuando también disponemos de mecanismo alternativos para promover este tipo de trabajos y desarrollar otros nuevos.

Los monopolios sobre derechos de autor conducen a una enorme transferencia de ingresos hacia las empresas de entretenimiento y de elaboración de programas informáticos. Microsoft por sí sola se embolsa más de 60.000 millones de dólares anuales, la mayor parte de los cuales no habrían sido posibles de no existir la protección de los derechos de autor. La asociación que agrupa a las sociedades del sector sostiene que, en conjunto, las empresas de derechos de autor suponen un 6’6% del Producto Interior Bruto. Esta cantidad equivale a más de un tercio de los ingresos impositivos recaudados por el gobierno federal.

Podría hacer una lista mucho más extensa de mecanismos y beneficiarios, pero el núcleo del asunto está bien claro. La idea de que un “mercado libre” permite que algunas personas se conviertan en inmensamente ricas y es la causa de que otras sean pobres o estén en una situación financieramente expuesta es un disparate. La distribución del ingreso está determinada por políticas públicas que favorecen a ciertos grupos y perjudican seriamente a otros. Si los progresistas aceptamos las estructuras que los conservadores han institucionalizado como algo llamado “mercado libre” y luego tratamos de utilizar los impuestos y las políticas de transferencia de recursos para reconducir las desigualdades, entonces nosotros mismos nos habremos metido en un callejón sin salida.

En lugar de esto, debemos centrarnos en modificar las reglas que redistribuyen el ingreso a favor de los más pudientes. Hay distintas formas de reestructurar los mercados. Debemos ser al menos tan oportunistas y creativos como la derecha en la elaboración de normas que a la vez produzcan resultados eficientes y conduzcan a mejores distribuciones en el ingreso.

La ley de reforma de la sanidad ilustra la necesidad de cambiar el enfoque del asunto. Se trata de un buen intento para tratar de conseguir el objetivo de extender la cobertura a la mayoría de los que aún no tienen seguro médico. Sin embargo, contribuye muy poco a atajar el problema del desmedido aumento de los costes. Como resultado, lo que habremos creado será un sistema que sabemos que será insostenible a largo plazo. La idea de que en futuras décadas de algún modo podremos apuntalar el sistema mediante impuestos progresivos no tiene ningún sentido. Se puede afirmar con casi total certeza que será políticamente imposible aumentar lo suficiente los impuestos hasta lograr cubrir los costes del sector público sanitario. De modo que cabe la posibilidad de que tengamos que restringir y/o disminuir la calidad de las prestaciones sanitarias, o bien cargar con fuertes impuestos a las clases medias.

La ruta alternativa consistiría en atacar directamente la estructura del sistema público de salud que conduce a unos costes tan excesivos. En este contexto, es importante recordar que los estadounidenses pagamos por la atención sanitaria más del doble por persona de lo que pagan los ciudadanos de otros países ricos. Como señalan innumerables estudios, las causas de estos mayores costes no son atribuibles a una mayor calidad o a un mayor volumen de los servicios sanitarios, sino a los costes más elevados de los servicios que recibimos. Este asunto puede abordarse mediante la reforma de los mercados de estos servicios.

Regresemos al asunto de los medicamentos. Se mire por donde se mire, el actual sistema conlleva enormes ineficiencias y nos aboca a optar entre alternativas que a menudo son un sinsentido; sin embargo, podrían erradicarse estas disfunciones si se racionalizara el sistema de financiación de la investigación sobre medicamentos.

Tomemos el caso de una mujer de 80 años con buena salud que de repente desarrolla un cáncer. Supongamos que el único tratamiento que tiene alguna posibilidad de éxito requiera administrarle un nuevo fármaco producto de la bioingeniería que cuesta unos 250.000 dólares al año. ¿Debería el sector público estar dispuesto a correr con los gastos?

Siguiendo el trabajo que han realizado algunos filósofos morales, supongamos que, de no existir la protección de las patentes, el medicamento costara alrededor de 200 dólares anuales. Aunque la empresa farmacéutica hubiera destinado una gran cantidad de recursos a desarrollar el medicamento, éste es un dinero que no han tenido que sacar de su bolsillo. En realidad nosotros ya hemos pagado los costes de la investigación (generalmente a través de alguno de los mecanismos expuestos anteriormente). La cuestión importante radica en cuánto cuesta producir la siguiente dosis. En el supuesto de que el coste de las dosis de medicamento sea de 200 dólares al año, no será necesario discutir si hay que aplicar ese tratamiento.

Pero éste no es el único problema relativo al sistema de patentes. Cuando el sector público interviene para hinchar los precios artificialmente, está creando incentivos perversos inesperados. Como resultado de los enormes beneficios procedentes de estos fármacos, la industria farmacéutica gasta una cantidad ingente de recursos en publicidad. Esto promueve que se trate de buscar la buena disposición o incluso que se soborne a los doctores para que prescriban ciertos medicamentos. Lo cual conduce a realizar costosas campañas publicitarias dirigidas a los consumidores. También favorece que el sector farmacéutico compre a políticos para asegurarse de que el Medicare, el Medicaid y otros programas gubernamentales aceptarán pagar por esos medicamentos. Y, finalmente, todo esto ofrece a la industria un enorme incentivo para ocultar los resultados de las investigaciones que ponen en duda la efectividad y seguridad de estos medicamentos.

Los progresistas debemos poner sobre la mesa estos argumentos de “mercado libre” a la hora de discutir sobre el problema de la prescripción de medicamentos. Las enormes cantidades de dinero que están en juego ayudan a entender cuán escuálidos son en realidad planes recaudatorios asociados a la reforma sanitaria estadounidense, como el “Cadillac” [de impuestos sobre primas de seguros médicos de cantidades elevadas, n. del t.] o el del aumento de los gravámenes sobre los multimillonarios.

Del mismo modo, podríamos recurrir a alguna versión moderada de libre comercio en la asistencia sanitaria. Normalmente, la política comercial se ha utilizado explícitamente para que nuestros trabajadores manufactureros compitieran directamente con trabajadores que reciben bajos salarios de países en desarrollo. Los progresistas a menudo nos fijamos en la pérdida de puestos de trabajo industriales y la disminución de los salarios para los trabajadores poco calificados que esto conlleva en Estados Unidos como una evidencia de que el mercado libre no funciona. Esto es un tremendo error. Estos resultados no son más que lo que ya predijeron los modelos comerciales en caso de que se aplicaran este tipo de políticas en Estados Unidos. Lo sorprendente es que hubiesen dado lugar a algún otro tipo de resultado.

Sin embargo, es posible diseñar políticas de “libre mercado” que den lugar a resultados diferentes. En el caso de la asistencia sanitaria, podríamos empezar por permitir que los beneficiarios del sistema Medicare realizaran compras en sistemas sanitarios de otros países ricos. Puesto que los costes sanitarios son más bajos en Alemania, Canadá y muchos otros lugares, en el caso de que los beneficiarios optaran por trasladarse a otro país para recibir tratamiento se producirían cuantiosos ahorros que podrían compartir el sector público estadounidense y los beneficiarios. Recientemente hemos realizado cálculos que muestran que en unas pocas décadas los ahorros obtenidos serían de decenas de miles de dólares anuales por persona. Esto sería así aún después de calcular la substancial prima que habría que abonar a terceros países por tratar a los pacientes de más edad, garantizando así que también esos países saldrían beneficiados del proceso.

De hecho, puesto que estos países recibirían bonificaciones por los costes de los tratamientos, tales actividades incluso podrían llegar a ser una fuente de crecimiento para los mismos. Sea como fuere, de lo que no hay duda es de la gran diferencia existente entre los costes sanitarios relativos de estos países y los de Estados Unidos. Nuestro sector sanitario sólo sobrevive por las medidas proteccionistas extraordinarias que restringen la competencia extranjera. Es fácil imaginar mecanismos que permitirían que otros países pudieran proporcionar asistencia sanitaria a ciudadanos estadounidenses y utilizar estos beneficios para mejorar la asistencia a sus propias poblaciones. Una sistema con una especie de bono internacional Medicare podría permitir a los jubilados disfrutar de una mejor calidad de vida de la que jamás gozarán aquí, mientras a largo plazo también ahorrarían al sector público estadounidense decenas de billones de dólares del programa Medicare. Mediante una reducción de la demanda de asistencia sanitaria en Estados Unidos habría una presión a la baja sobre los costes médicos generales en el interior del país.

Hay otros caminos por los que el sector público puede promover el comercio en los servicios médicos. Por ejemplo, podría autorizar instalaciones en otros países que reunieran los estándares de calidad requeridos y también fijar normas generales sobre responsabilidad para asegurar que las personas que sean tratadas fuera del país tengan la cobertura legal adecuada en caso de malas prácticas médicas.

Puesto que existe un diferencial enorme entre la calidad de los servicios sanitarios europeos y los estadounidenses (por no mencionar el de centros sanitarios de alto nivel en países como India o Tailandia), es muy probable que hubiera una gran cantidad de pacientes dispuestos a ser tratados fuera del país, siempre y cuando se crearan las condiciones institucionales adecuadas.

Ni que decir tiene que la mejor opción sería la de reformar el sistema sanitario de Estados Unidos para que la gente no tuviera que abandonar el país para recibir una atención sanitaria decente. Pero si nosotros carecemos de la fuerza política suficiente para reformar el sistema interior (como obviamente es el caso), parece absurdo mantener aquí a los pacientes como rehenes de un sistema en quiebra. Cuando las fuerzas de la competencia mercantil hayan aplicado su magia estaremos en mejores condiciones para debatir sobre la reforma del sector sanitario en nuestro país.

Es harto más productivo hablar sobre las distintas opciones disponibles para sacar provecho de los mecanismos de mercado para reestructurar a fondo el sistema sanitario que tratar de ver cómo sacamos recursos de aquí y de allá mediante impuestos para mantener en pie unos años más un sistema sanitario quebrado. Puede aplicarse el mismo enfoque a casi todos los problemas sociales. Podemos y debemos reclamar una fiscalidad progresiva, pero aún es mejor cambiar las estructuras institucionales que conducen a una desigualdad flagrante.

Los presidentes de empresas de Estados Unidos han recibido pagos de decenas de millones de dólares anuales porque nosotros hemos creado una estructura de gobierno corporativo que permite que los altos directivos saqueen las empresas que gestionan. Esta estructura de gobierno corporativo la creó la administración pública, en modo alguno se desarrolló en condiciones de libre mercado. Ningún otro país permite un pillaje semejante. Un cambio en las normas para que el control retorne a los accionistas no implica una interferencia del sector público en el mercado; simplemente se trata de la reforma de un sistema disfuncional. Tanto Europa como Japón tienen economías capitalistas dinámicas, pero no por ello sus altos ejecutivos empresariales tienen las descomunales compensaciones económicas de las que disfrutan los estadounidenses. Esto no ocurre porque allí tengan restricciones legales sobre los pagos, sino porque tienen estructuras de gobierno corporativo que no permiten que los altos ejecutivos se dediquen sin recato a la rapiña en sus propias empresas.

En la misma línea, aunque es deseable que los trabajadores menos calificados dispongan de contextos legales en los que haya salarios mínimos y otros ingresos directos de apoyo, es mucho mejor reestructurar los mercados en el sentido de que aumenten la demanda relativa de sus servicios. Por ejemplo, debemos insistir en que la Reserva Federal priorice que la tasa de desempleo disminuya en vez de fijarse sólo en aumentar los tipos de interés para evitar que suba la inflación. El antiguo presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan tomó esta opción en la década de 1990, facilitando así que hubiera el primer periodo de crecimiento sostenido del salario real de los trabajadores con salarios medios y bajos desde la década de 1960. Leyes que tuvieran más presentes las demandas sindicales, como serias penalizaciones civiles –o incluso criminales– contra empresarios que atentaran contra el derecho de sindicación de los trabajadores, también serían medidas que contribuirían a igualar la distribución de la renta.

También podemos aplicar algunos buenos principios de libre mercado a profesionales que reciben salarios altos, como doctores, abogados y economistas. Si se eliminaran restricciones profesionales e inmigratorias que protegen a los profesionales estadounidenses altamente calificados de la competencia extranjera, a buen seguro se reducirían los emolumentos que cobran los que se encuentran entre el 1% y el 2% de los que más cobran, disminuyendo así el coste de todos los servicios, desde la sanidad hasta la educación.

Hay una lista inacabable de políticas públicas que pueden alterar las normas para acercarse a un resultado más igualitario. Las normas por las que nos regimos hoy no nos han venido dadas ni por una deidad ni por la naturaleza, sino que han sido redactadas por los ricos y por poderosos grupos de interés que se benefician de las mismas.

Esta gente no son en absoluto fundamentalistas del libre mercado, ni se oponen tampoco a un sector público que funcione. Nadie que no sean ellos puede producir versiones mercantiles de los últimos fármacos de Pfizer o de los nuevos programas de Microsoft.

Incluso cuando ha habido gobiernos republicanos, el sector público ha puesto todo su empeño en llevar ante la justicia a quienes no respetaban las leyes relativas a patentes o derechos de autor. Los ricos quieren y esperan que haya un gobierno que haga cumplir las normas que protegen su riqueza y su poder. Les importan un comino los programas sociales públicos, pero eso es simplemente porque ellos no dependen de estos programas. Durante el paso del huracán Katrina no murió un solo rico.

La agenda progresista a largo plazo debe cambiar sus prioridades y dejar de fijarse tanto en las políticas impositivas y de transferencia de recursos para concentrarse en cambiar las normas que conducen a resultados indeseados en los mercados. Tenemos que ser tan agresivos y creativos como la derecha en punto a diseñar nuevas reglas que distribuyan los ingresos hacia los que menos tienen en vez de a los más pudientes. Y deberíamos enterrar de una vez por todas el concepto de “fundamentalismo del mercado libre”. En este debate no hay fundamentalistas del mercado libre. Lo que hay son conservadores que quisieran que nos creyéramos que sus normas equivalen al natural funcionamiento del mercado. Los progresistas no deberíamos ponérselo tan fácil.


Dean Baker es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR). Es autor de Plunder and Blunder: The Rise and Fall of the Bubble Economy y False Profits: Recoverying From the Bubble Economy.


Dissent, abril 2010


1.5.10

“Una catástrofe para el pueblo, un negocio para los patrones”

Aanálisis del MIR sobre la situación de los trabajadores marzo-abril 2010
“Una catástrofe para el pueblo, un negocio para los patrones”

Analizando el Programa Laboral de Piñera previo al terremoto y al cambio de mando, dábamos cuenta de cómo las promesas populistas de la derecha llevaban consigo la profundización del neoliberalismo sobre la base de la flexibilidad laboral, las privatizaciones, la reducción del gasto social y el ataque a los derechos laborales. Dicho y hecho. Tal como Piñera y sus asesores lo anunciasen, el Programa de Gobierno no se ha corrido ni un punto, y la catástrofe natural que ha significado la perdida de cientos de vidas, la destrucción de miles de hogares y un enorme daño en general para el pueblo chileno, le ha brindado una valiosa oportunidad al gobierno para adelantar medidas que en otro contexto hubiesen producido un gran rechazo y para incluir dentro de las soluciones a los afectados algunas de las acciones que tenderán a empeorar aún más las condiciones de vida de la clase trabajadora.
Crear un millón de empleos entre el 2009 y el 2014 se ha presentado como una de las grandes metas al alcanzar por el gobierno de Piñera. Para esto, antes del terremoto, ya se venían delineando los caminos para alcanzarla, entre los que se contaban una mayor flexibilidad laboral y el fin a la indemnización por años de servicio a cambio del fortalecimiento del seguro de desempleo. La lógica aquí es clara: favorecer al empresariado (con mayor flexibilidad, precariedad laboral y menores costos a la hora de despedir) y utilizar los recursos del Estado para paliar los desastres del modelo (aumentando el gasto estatal en seguros de desempleo). La modificación a la indemnización por años de servicio lo que permitiría es reducir los costos de los despidos, otorgándole la facultad al empresariado para despedir trabajadores u obligar a otros a jubilarse sin mayores costos, para luego recontratarlos o contratar a otros bajo mayores condiciones de explotación.
Estas medidas, lejos de amilanarse con el terremoto, cobraron aún mayor fuerza. Los patrones, haciendo uso del artículo 159 Nº 6 del Código del Trabajo, diseñado por José Piñera durante el régimen militar y que permite en situaciones de catástrofe despedir a trabajadores sin pagar ni el mes de aviso ni los años de servicio, no necesitaron de las reformas anteriormente mencionadas para comenzar a deshacerse de los trabajadores, sobretodo de los más antiguos, reduciendo los costos de los despidos.
No habían pasado ni días de la catástrofe y el dolor aún golpeaba fuertemente a las familias de la región del Bio Bio, cuando Versyluys despedía a 306 trabajadores bajo el articulo 159 Nº 6, lo mismo hacia Coinfa Limitada, ASMAR, pesqueras Landes, Paños Bio Bio, Termoeléctrica Colbun en Coronel, Forestal Santa Elena, Multivoice, sólo por nombrar algunas empresas de la región del Bio Bio, una de las más devastadas y con las ciudades con mayores índices de cesantía en el país. A los empresarios se suman los alcaldes, quienes viendo una buena oportunidad para minar el poder docente, procedieron al despido inmediato de miles de profesores a contrata a lo largo del país y a la reducción de horas de otro importante número. Cientos de empleadores de todo el país deben ser agregados a esta lista, no existiendo hasta el momento una cifra oficial de despidos bajo esta causal, aunque datos de la Dirección del Trabajo indican que serían al menos 8.758 sólo en el mes de marzo, concentrándose principalmente en Santiago y Concepción.
Buena parte de estas misma empresas, aprovechándose de la cesantía existente producto de la destrucción de los puestos de trabajo o de los despidos arbitrarios realizados, contratan o recontratan mano de obra con menores sueldos y mayores jornadas de trabajo, utilizando esta situación para obligar a quienes aun mantienen su empleo a que acepten reducciones de sueldos o extensión de las jornadas. De esta forma el terremoto ha sido una perfecta excusa para que los patrones se deshagan de los pagos por años de servicio y puedan adquirir mano de obra dispuesta aceptar una mayor explotación.
Junto a la ofensiva de los patrones nos encontramos con las medidas tomadas por el gobierno. Dando cuenta de la necesidad de crear empleos y teniendo en la mira el objetivo de la flexibilidad laboral, Piñera ha anunciado la creación de 60.000 nuevos empleos para las personas afectadas por el terremoto, entregando subsidios a las empresas que contraten mano de obra, las que aprovechándose de la necesidad de empleo contratarán con el sueldo mínimo y condiciones absolutamente precarias. A su vez, Piñera ha propuesto flexibilizar los requisitos para acceder al Fondo de Cesantía Solidario, pero al mismo tiempo, a través de la Ministra del Trabajo, ha iniciado la ofensiva respecto al fin de la indemnización por años de servicio.
Siguiendo con las promesas piñeristas, analizamos en el artículo anterior que para mantener un crecimiento promedio del PIB del 6% la solución pasaba por aumentar la productividad, produciendo más con menos, lo que en la práctica nos llevaba a una reforma al Estado en donde los ejes son la reducción del gasto fiscal, en términos de gasto en programas sociales y remuneraciones y empleos en el sector público, y una privatización encubierta de las empresas estatales o con alta participación del Estado (Codelco, Enap, Enami, entre otras), bajo la modalidad de las concesiones a privados y la venta de activos.
Otra vez, dicho y hecho. Utilizando como excusa la necesidad de enfocar todos los recursos estatales hacia la reconstrucción, Piñera ha anunciado la drástica reducción de gasto social y la postergación de una gran cantidad de programas que había dejado el anterior gobierno.
Al mismo tiempo, en medio de la conmoción por la catástrofe y como supuesta medida para financiar los gastos de la reconstrucción, Piñera anunció su intención de vender el 40% de participación que Codelco posee sobre la Empresa Eléctrica Norte Grande S.A. (Eldenor), con lo cual se iniciaría el camino que tiene por meta la privatización de Codelco. Siguiendo con las privatizaciones, el gobierno evalúa vender también los activos que posee sobre Aguas Andinas, donde Corfo posee un 35% de participación, Esval, con un 30% de participación, y Essbio, con un 43,4% de participación.
Pero el terremoto no sólo ha servido para desviar la atención respecto a estas intenciones privatizadoras, sino que también ha abierto una gran puerta para el ingreso y apoderamiento del sector público por parte del sector privado. Uno de los principales mecanismos planteados para reconstruir el país es la concesión a privados, la forma principal de “privatización encubierta”. Escuelas, hospitales, cárceles, carreteras, infraestructura pública serán concesionadas a empresas privadas, las cuales, gracias a la Ley de Concesiones, no sólo podrán levantar la infraestructura destruida o dañada, sino hacerse cargo de la administración de los establecimientos, lo que significaría el fin, por ejemplo, de la educación y la salud pública.
Los virajes tácticos en la Concertación
Frente a la derrota de la Concertación en las elecciones de enero, anticipábamos que la movilización social adquiriría un papel fundamental en tanto le permitiría a este conglomerado reformularse con un rostro progresista dentro de un proceso de acumulación de fuerzas en las bases sociales dentro de un eje de movilización social por la defensa de las “conquistas” logradas durante los gobiernos concertacionistas, entrampando al mismo tiempo reformas claves para el gobierno piñerista. Renovar su imagen, acumular fuerzas y frenar los avances del enemigo, eran parte de los objetivos de la movilización social a ser impulsada por la Concertación. Por lo cual la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), la Agrupación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF), el Colegio de Profesores, la Confederación Nacional de Funcionarios de la Salud Municipalizada (CONFUSAM), la Federación de Estudiantes de Chile (FECH) y el CONFECH, entre otros, adquirirán un papel fundamental.
Hasta antes del terremoto la CUT y los gremios afines la Concertación (para este análisis incluimos al Partido Comunista dentro de la Concertación) comenzaban a mover sus fichas y un ambiente movilizador se hacía sentir. Reuniones entre personeros de la Concertación y dirigentes sindicales proclamando una “bancada social”, “convergencias para la lucha social” que tendrían expresiones en las calles el día de la mujer, el día del cambio de mando, el 28 de marzo con la conmemoración de los asesinatos de Manuel Guerrero, José Manuel Parada y Santiago Natino, anuncios de movilización por parte de la ANEF y el Colegio de Profesores anunciaban una táctica movilizadora para este año dentro de la estrategia para retornar al poder el 2014.
Sin embargo, tanto el terremoto como las configuraciones y fricciones internas dentro de la Concertación provocaron un cambio táctico en el marco de la coyuntura política de la catástrofe. Al darse cuenta del error político que significaría seguir con su plan movilizador, el que sería rechazado por todos los sectores al ir en contra de las necesidades propias de la catástrofe, los gremios manejados por la Concertación se colgaron rápidamente del “Gobierno de Unidad Nacional” proclamado por Piñera, haciéndose parte de los esfuerzos por reconstruir el país. El acuerdo entre la CUT y la Confederación de Producción y Comercio (CPC) en términos de trabajar juntos para levantar el empleo, el diálogo y acuerdo entre Lavín y el Colegio de Profesores, que pospuso el tema de la deuda histórica y calmo los ánimos movilizadores, y los acuerdos entre el mismo Lavín y el CONFECH, en donde el gremio estudiantil adoptó el compromiso de no movilizarse a cambio de todas las facilidades para desarrollar sus “trabajos voluntarios”, son ejemplos del cambio táctico adoptado por la Concertación en ese momento. Esto no sólo tenía el objetivo mediático de colocar a la CUT, al Colegio de Profesores o al Confech como entidades que eran capaces de “dejar de lado sus diferencias con el Gobierno” para enfrentar unidos los desafíos del terremoto, sino para desarrollar, en esta misma línea, una táctica de inserción política en las zonas afectadas. A través de la CUT, el Colegio de Profesores y la FECH, la reconstrucción tomo un carácter político con el claro objetivo de desarrollar bases de apoyo en esos sectores y perspectivar futuros dirigentes, utilizando de esta forma el sufrimiento del pueblo para pavimentar su retorno al poder.
Así, con los gremios enfocados en temas de reconstrucción y la Concertación con sus problemas internos, las grandiosas movilizaciones anunciadas pasaron sin pena ni gloria. Lo anterior para el caso de las movilizaciones anunciadas por la Concertación, ya que el pueblo, ese mismo pueblo devastado que veía como la CUT tomaba acuerdos con los representantes de los empresarios, comenzó a movilizarse de forma autónoma. Decenas de protestas comenzaron a levantarse en las regiones afectadas y, al mismo tiempo, el programa económico de Piñera comenzó a hacerse cada vez más notorio al igual que sus ataques a la clase trabajadora y al pueblo. Pequeños chispazos de movilizaciones comenzaron a darse y las bases controladas por estos gremios comenzaron a inquietarse, al igual que sus dirigencias quienes veían cómo se desarrollaban pequeñas movilizaciones sociales que escapaban a su control. Al mismo tiempo, el terremoto como hecho mediático fue perdiendo fuerza y la televisión volvió a llenarse de noticias sobre delincuencia y deportes.
Entendiendo esto, y viendo cumplida la primera fase de su inserción territorial a través de la “ayuda solidaria”, la Concertación y los gremios controlados por esta han comenzado un nuevo viraje táctico en el contexto del 1 de mayo. Al igual como Piñera ha al terremoto para legitimar su plan económico, los gremios concertacionistas comienzan a retomar tímidamente su estrategia movilizadora y el plan de lucha desarrollado, ahora matizado con las demandas propias de la catástrofe. La CUT se ha manifestado en contra del fin a la indemnización por años de servicio y ahora (después de mucho silencio) ha sacado la voz denunciando los despidos realizados bajo el artículo 159, retomando la agenda laboral para cambiar el Código del Trabajo y lograr un reajuste del 10% al salario mínimo, en compañía de los parlamentarios concertacionistas, en especial del PS. El Colegio de Profesores ahora saca la voz por la concesión de los establecimientos municipales, al igual que lo hace la Confusam. Y la FECH, luego de gastar la mayoría de sus recursos en hacer trabajo político en las zonas afectadas, empieza tímidamente a criticar las propuestas de Lavín para ayudar a los estudiantes afectados, obligados en parte por pequeñas articulaciones que comienzan a darse en el movimiento estudiantil de manera autónoma al CONFECH.
Así, la Concertación aun dentro de su desorden, ha aprovechado de manera oportunista el sufrimiento del pueblo chileno, primero utilizando con fines políticos la ayuda inmediata a las zonas afectadas, y luego utilizando las movilizaciones de los más afectados para retomar su estrategia de presión y de cooptación de las movilizaciones y del malestar social.
El panorama de los trabajadores
La postura adoptada por la CUT, las privatizaciones que comienzan a plantearse como parte del Programa de Reconstrucción de Piñera, los despidos injustificados y los ataques a los derechos a la clase trabajadora, han provocado la reactivación de muchos sectores que se encontraban dormidos o a la espera y la articulación de otros. Luego del terremoto y de su impacto, la calma inicial aparente comienza a desaparecer. Tanto los gremios manejados por la Concertación, aquellos que reciben su influencia, como aquellos que desarrollan sus luchas de forma autónoma, comienzan a retomar la dinámica que venían desarrollando antes de la catástrofe, aunque con el claro impacto de ella; veamos algunos casos ilustrativos de lo que está sucediendo a grandes rasgos con la lucha de los trabajadores.
Ya antes de la asunción de Piñera, la presidencia la ANEF mostraba su preocupación por un posible despido masivo de empleados públicos ligados (y no ligados también) a la Concertación y una precarización de sus condiciones laborales producto de las modificaciones que Piñera ha anunciado para el sector. La ANEF ha denunciado el despido de más de 500 funcionados públicos no vinculados a cargos políticos, lo que afecta principalmente a trabajadores a contrata y honorarios. Los trabajadores en esta condición equivalen al 60% del total, cuando por ley sólo deberían existir un 20% en esta condición y el resto ser trabajadores de planta, sin embargo, durante los gobiernos de la Concertación nunca se quiso regularizar esta situación. Frente a esta realidad, y a los posibles despidos que se produzcan al asumir nuevas autoridades en regiones y provincias, la ANEF ha anunciado acciones en la Contraloría e iniciar las movilizaciones si es que no hay soluciones. Siguiendo en la línea de los despidos en el sector público, la Asociación Nacional de Funcionarios del Consejo de la Cultura, ANFUCULTURA, se encuentran movilizados (apoyados por la ANEF) por los despidos realizados por el Ministro Luciano Cruz-Coke y las condiciones de precariedad que afectan al sector; por su parte, la Asociación Nacional de Funcionarios del Fosis se ha declarado en estado de alerta luego de que el Mideplan le pidiese al director nacional de Fosis su renuncia, pese a que el gobierno se había comprometido a mantenerlo en su cargo debido a que había sido designado mediante un concurso de Alta Dirección Pública. Despidos también amenazan a los trabajadores de la Empresa de Ferrocarriles del Estado, quienes han denunciado que ya van 20 despidos injustificados y se esperan unos 300, ante lo cual se encuentran en discusiones para iniciar la paralización del servicio de trenes. Siguiendo en el sector público, los trabajadores de la Empresa de Aeronáutica de Chile (ENAER), se encuentran movilizados con el objetivo de lograr un reajuste salarial de 4,5% que les corresponde en tanto trabajadores del sector público. Junto con esto, Consejo Metropolitano del Colegio de Periodistas ha manifestado su rechazo a las declaraciones de Andrés Allamand y de la Editorial de La Segunda que llaman a cerrar el Diario La Nación, lo que o sólo afectaría a los trabajadores de este medio sino que atacarían la libertad de expresión.
Para solucionar el problema de la infraestructura en salud destruida por el terremoto, Piñera anunció la construcción de 20 hospitales mediante el mecanismo de la concesión a privados, entre los que se cuentan los hospitales Barros Luco Trudeau y Exequiel González Cortés. Esto provocó un inmediato rechazo de la Federación Nacional de Profesionales de la Salud del Barros Luco quienes anunciaron el comienzo de las manifestaciones. De igual forma la Federación de Funcionarios de la Salud denunció un aprovechamiento del gobierno de la situación de catástrofe para privatizar la salud pública, en tanto Esteban Maturana, consejero de Salud de la CUT y miembro de la CONFUSAM, convocó a todos los trabajadores de la salud a manifestarse contra la privatización del sector y a salir a las calles el 1 de mayo.
Otros sectores que se encuentran atentos frente a las posibles privatizaciones son el Colegio de Profesores y los sindicatos del cobre. Los primeros ya han hecho público su rechazo a la concesión de establecimientos educativos como medida de reconstrucción y se han puesto en alerta frente a los avances que tiene en el legislativo la Ley de Superintendencia y Agencia de la Calidad de la Educación. Por su parte, la Federación de Trabajadores del Cobre (FTC), la Federación de Sindicatos de Supervisores y Profesionales de Codelco (FESUC) y la Federación Minera de Chile, entre otros, ante la posible venta de la participación de Codelco en Eldenor, han seguido la línea de defender un Codelo 100% estatal, rechazando la privatización y denunciando posibles próximas privatizaciones, como la que podría suceder con el yacimiento de cobre El Abra, en donde Codelco posee un 49% de participación.
En tanto, diversos sindicatos siguen en movilizaciones o en procesos de negociación colectiva. Se han manifestado los sindicatos de Coca Cola en Rancagua, los trabajadores de termoeléctrica Patache, los trabajadores del sindicato Nº2 astillero Marco Chilena, los trabajadores de Tottus Mall, los trabajadores contratistas de Movistar, los trabajadores de la empresa contratista CLP, entre otros. Demostrando que la lucha por los derechos de los trabajadores no cesa.
Los efectos ahora visibles del Plan Económico de Piñera, expresado en despidos, privatizaciones encubiertas, y el viraje táctico de la CUT han reactivado a algunos sectores en las cercanías del 1 de mayo. Sin embargo, una serie de movilizaciones se han venido dando desde antes de este proceso. Las necesidades derivadas de la catástrofe, la ausencia de ayuda real y concreta de parte de los gobiernos, la destrucción de puestos de trabajo, el problema de vivienda y de subsistencia, los despidos abusivos realizados por los patrones, entre muchos otros factores, provocaron una oleada de protestas en las zonas más afectadas, especialmente en el Gran Concepción. A pesar del Estado de sitio imperante, los trabajadores no dudaron en salir a las calles. El acceso al Puerto de Talcahuano fue cortado por los trabajadores en San Vicente, lo mismo sucedió con el ingreso a la termoeléctrica Bocamina II en Coronel, profesores de Huelpen protestaron frente al municipio rechazando los despidos y las bajas en los sueldos, en Los Álamos los trabajadores de la forestal Santa Elena se tomaron las instalaciones cuando esta se declaró en quiebra, los profesores de Penco se movilizaron contra los descuentos salariales, pobladores y trabajadores de Dichato cortaron la ruta a Tome producto de las demoras en la construcción de medias aguas, los deudores habitaciones del Gran Concepción protestaron frente a la gobernación exigiendo la condonación de sus deudas, los trabajadores despedidos de Versyluys protestaron en San Pedro, sólo por nombrar algunas movilizaciones que se han dado y que seguirán dándose. Frente a la ineficaz ayuda gubernamental y a una dirigencia de la CUT más preocupada de obtener réditos políticos de la catástrofe, ha sido la organización y movilización independiente de pobladores y trabajadores la que se ha levantado para hacer frente a la catástrofe.
En el sector pesquero, miles de familias de pescadores artesanales han perdido sus fuentes laborales, los trabajadores de empresas pesqueras están siendo despedidos, al igual que los trabajadores portuarios. Del mismo modo, en el sector del salmón, el terremoto ha sido una perfecta excusa para realizar despidos producto del terremoto, a lo que hay que sumar el terremoto social que ha producido la aprobación de la nueva Ley de Pesca que terminó por privatizar el mar chileno. A la dura realidad de los trabajadores del salmón y a los miles de cesantes que ha dejado esta industria, hay que sumar la eliminación del Programa de Empleo para la Salmonicultura, Plan Salmón, en el que venían comprometidos $10 mil millones para generar trabajo y palear la enorme cesantía presente en la Región de los Lagos, así como un recorte del 17% del presupuesto regional, el que supuestamente irá a parar al Plan de Reconstrucción. Frente a esta situación que agrava aún más la miseria de los trabajadores sin empleo, se han anunciado movilizaciones de parte de trabajadores y sindicatos.
Otro de los sectores duramente afectados es del agro. Miles de familias de pequeños campesinos y temporeros han sido damnificadas o han visto destruidos sus bienes materiales y sus siembras. Han perdido sus frutas producto del terremoto, se han destruido los canales de regadío, el riego por goteo, han visto destruidas sus viviendas, no tiene dinero para alimentar a sus animales, puentes y caminos en mal estado, etc. Todos efectos de la catástrofe acentuados por las miserables condiciones de vida en la que se encontraba la gente del campo. Significando esto la pérdida del sustento familiar en el caso de los pequeños campesinos, la destrucción de sus fuentes de empleo y una mayor necesidad de trabajo, lo que será aprovechado por los patrones para aumentar las condiciones de explotación, de los temporeros.
El terremoto neoliberal de Piñera y su Programa Económico comienza afectar duramente al pueblo chileno, al igual que lo han hecho la catástrofe natural. Sin embargo, ha sido la ayuda solidaria de clase y la movilización activa la que comienzan a danos una luz de esperanza. Ha sido la ayuda brindada a las zonas devastadas por decenas de sindicatos de base, por estudiantes organizados, por las mismas comunidades afectadas, las que han ayudado a resolver por parte del mismo pueblo las necesidades inmediatas del pueblo afectado. Y ha sido la movilización y la presión de estos mismos afectados la que ha logrado poco a poco que las autoridades respondan y los recursos gubernamentales comiencen a llegar. Ayuda solidaria y movilización han sido los caminos para enfrentar la catástrofe natural y deben ser los mismos caminos que debemos tomar para enfrentar la catástrofe que Piñera pretende implementar para enriquecer aun más a los dueños del poder y la riqueza. Rechazar las privatizaciones, combatir el Programa Económico y el Plan Laboral de Piñera, fortalecer la organización de base de los trabajadores y la lucha autónoma por nuestros derechos son los caminos para hacer realidad en al ámbito de la lucha la consigna que los pobres y explotados del campo y la ciudad han levantado para hacer frente a la catástrofe y sus secuelas: Sólo el pueblo ayuda al pueblo.

LUCHANDO AVANZAN LOS TRABAJADORES

Danilo Neira


Por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR de Chile

http://www.chile-mir.org

6.4.10

CAPITALISMO Y COMUNISMO

CAPITALISMO Y COMUNISMO

Ricardo Fuego

Introducción


¿Por qué es difícil hablar de estos temas?
Porque hay una tendencia a formar nuestro pensamiento sobre la sociedad en base a anécdotas, vivencias personales, y evaluaciones muy subjetivas (a veces basadas en nuestras preferencias ideológicas, valores morales, etc.) de lo que experimentamos.

Yo a través de estos años de entrada a la militancia social y al pensamiento político radical, he cambiado no sólo mis ideas sino mi manera de pensar (de juzgar y de producir nuevas ideas). Para mí las anécdotas y evaluaciones subjetivas de mi vida personal, en cuanto a la formación de mi pensamiento social, pasan a un segundo plano. Lo que pasa a primer plano en mi pensamiento son los datos a nivel “macro” (la economía, la estructura social, los procesos más que los resultados, los roles más que las personalidades), y esos datos yo los analizo con las herramientas teóricas que he adquirido en estos años de estudio autodidacta y práctica autónoma de la ciencia social.

Todo este preámbulo no tiene como objetivo explicar por qué vos tendrías que pensar como yo, sino para explicar por qué yo pienso como pienso. Olvidémonos por un momento del absolutismo (si uno tiene razón todos los demás están equivocados) y del relativismo (todos tienen razón y nadie está equivocado). Vamos a establecer un diálogo. En base a mis experiencias charlando de estas cuestiones, yo voy a poner afirmaciones, preguntas y cuestionamientos a los que responderé como lo hice en su momento (o como deseo haberlo hecho).

El propósito no es reemplazar unas ideas por otras, sino desterrar certezas falsas y sembrar cuestionamientos, búsquedas. Allá vamos.


Diálogo entre una persona comunista y una persona de "pensamiento común”

-Hay capitalistas que se aprovechan de sus empleados y los explotan, pero hay otros que se hicieron su capital mediante su propio esfuerzo y por lo tanto es justo que ganen más que el obrero.


La realidad es que, incluso en el caso de que el capital inicial no provenga del trabajo de otros (herencia, rentas, empresa de la familia, etc.), a través del tiempo el capital invertido es ampliamente recuperado por el capitalista gracias al trabajo de sus empleados.

Pongamos el caso de que yo inicio una empresa con un capital propio. Luego de haber vendido todo lo que produje, obtengo una cantidad de plata. Parte de ese dinero va a los sueldos de mis empleados, otra parte a la reinversión en la empresa (compra de repuestos, materia prima, insumos, nuevas máquinas), y otra parte me queda limpia para mí.
Si el negocio va bien (y eso depende de si hay demanda de lo que la empresa produce pero también depende de mi trabajo y del de mis empleados), eventualmente voy a recuperar en forma de ganancia el capital que invertí al principio.
Veámoslo en un cuadro con números. El capital inicial es de 1000. Asumamos que la ganancia de la empresa es suficiente para la reinversión y para mi subsistencia y asumamos que yo me limito a cobrar rentas, que no trabajo en la empresa.
En el primer ciclo yo puse 1000 y la empresa hizo 500. De esos 500, 200 los pagué en salarios y me quedaron 300. De esos 300, decidí poner la mitad (150) en la empresa y el resto me lo quedo yo.

En el segundo ciclo se obtuvo una ganancia de 550. Sigo pagando 200 en salarios, por lo tanto la ganancia que tuve en ese ciclo fue de 350. De esos 350 aparto 180 para reinvertir y el resto me lo quedo.

En el tercer ciclo la ganancia es de 400. Los 1000 originales que puse no sólo fueron recuperados sino que yo me quedo con 50 adicionales (300 + 350 + 400 = 1050).

-Pero parte de lo que ganaste decidiste reinvertirlo en la empresa. El capital de la empresa creció de 1000 a 1720, y lo que generan los empleados nunca es suficiente para cubrirlo. Los empleados siempre están en deuda.

Incorrecto. Te olvidás que el capital adicional que pongo a partir del segundo ciclo vienen del trabajo de los empleados. El capital total de la empresa va creciendo, pero lo que yo puse de mi bolsillo sólo fueron 1000, y esos 1000 los recuperé en el tercer ciclo. ¡Si yo no recuperara mi inversión no sería negocio ser capitalista!

Fijate que incluso en el cuarto ciclo les aumenté el salario a mis empleados de 200 a 300. Pero ni siquiera así saldo la deuda que tengo con ellos. De hecho, mi deuda aumenta cada vez que se va acumulando ganancia. Al final del quinto ciclo tengo una ganancia acumulada de 1950, ¡casi el doble de lo que puse inicialmente!
Pero compliquémosla un poco más… Digamos que en los primeros ciclos la empresa no gana lo suficiente para garantizar la reinversión. Eso quiere decir que tengo que poner más capital mío. Pero si la empresa va bien y eventualmente la ganancia es suficiente para la reinversión, es sólo cuestión de tiempo para que el trabajo de todos pague ese capital invertido de mi bolsillo:

En el primer ciclo me faltaron 50 y los tuve que poner de mi bolsillo. En el segundo, como aumentó el valor obtenido, me faltaron 20. En el tercer ciclo ya no tuve que poner más plata porque la ganancia de la empresa fue suficiente para mi subsistencia y para la reinversión. De manera que a los 1000 iniciales se le suman 70. Lo único que cambió es que en vez de recuperar mi plata en el tercer ciclo lo recupero en el cuarto.


Podemos complicarla más todavía diciendo que yo trabajo a la par de mis empleados, o incluso más que ellos. O sea, que yo participo directamente de la producción de valor. ¿Qué pasa en ese caso? Lo mismo que en el caso anterior. Una simple diferencia de tiempo. Eventualmente mis empleados terminan superando, con su trabajo, el capital que puse inicialmente y el valor que produce mi propio trabajo.

Se pueden hacer muchas objeciones a estos cuadros y probar a ver qué pasa con otros números y otras variables, pero la realidad es que las empresas capitalistas no funcionarían si los capitalistas tuvieran que sacar continuamente capital extra de su bolsillo para asegurar la reinversión. Eso sólo pasa cuando las empresas están en crisis y ahí o la empresa se recupera o quiebra. Las empresas capitalistas funcionan porque garantizan una ganancia suficiente para cubrir los gastos de su existencia y porque le aseguran un mayor nivel de vida al capitalista que a los empleados.

Esto no quiere decir que el capitalista nunca se sacrifique. El capitalista, sobre todo si es pequeño o mediano, generalmente debe sacrificarse trabajando horas extras para la empresa, absteniéndose de consumir para ahorrar capital dinerario, adeudándose con un banco si le hace falta efectivo, etc. Pero por más que se valore éticamente ese sacrificio como superior al sacrificio de los empleados, la cuestión fríamente matemática es que el trabajo de muchos siempre va a producir más que el trabajo de uno. Sino, ese uno se bastaría a sí mismo, no necesitaría empleados.

-Todo lo que vos quieras, pero el que arriesgó al principio fue el capitalista. Es injusto que el capitalista, que es el único que arriesga, termine compartiendo su empresa con los empleados que no arriesgaron nada.

Antes que nada, el plantear la defensa de la ganancia capitalista en estos términos (morales) es reconocer que ya no se puede plantearla en términos racionales. Voy a volver un poco atrás.

Limitándome a analizar los hechos sin realizar ninguna valoración moral al respecto, he demostrado racionalmente que eventualmente, el trabajo de mis empleados va a pagar el capital mío que “arriesgué” cuando puse la empresa. El capital que sigo “arriesgando” después de recuperar la inversión de mi bolsillo es el capital generado por el trabajo de todos, y no sólo el mío. Cuando los empleados ya me pagaron con su trabajo todo el capital que invertí al principio, la ganancia que obtengo a partir de ese momento viene pura y exclusivamente del trabajo de ellos.

Esta demostración no es nada del otro mundo, es pura lógica y aritmética. ¿Entonces por qué resulta tan chocante? Porque lo que nos han inculcado y lo que hemos aprehendido como “sentido común” nos condiciona psicológicamente, pre-racionalmente. Por lo tanto, un razonamiento, aunque sea válido, sigue siendo rechazado cuando choca contra este condicionamiento psicológico. A todos nos pasó alguna vez que hemos escuchado o leído una argumentación que, aunque no pudimos refutarla con hechos ni encontrarle una falla en su lógica, nos resultó inaceptable, y por lo tanto nos seguimos quedando con nuestras ideas.


Esto es normal. Tenemos una tendencia a identificarnos con nuestras ideas. Si las ideas con las que más nos identificamos son criticadas, en cierto modo nos sentimos amenazados. Por eso la única manera en que puede prosperar un diálogo sobre ideas tan relacionadas a nuestra identidad social como capitalismo y comunismo (casi todo el mundo tiene una posición tomada sobre el tema, con más o menos fundamento), es desidentificarnos de nuestras ideas por un momento. Hacer de cuenta que somos extraterrestres mirando este planeta o científicos mirando un hormiguero. Lo que nos tiene que interesar es llegar a la verdad, no tener la razón. Si no podemos hacer eso, más vale renunciar al diálogo, porque sino se convertirá en un monólogo de muchos.

Habiendo hecho esta advertencia, paso a responder la pregunta.

Aun viendo el tema desde la perspectiva de lo ético, ¿bajo qué ética es posible justificar que yo gane más que mis empleados luego de que ellos, con su trabajo, me pagaron todo lo que invertí al principio? Únicamente bajo mi ética particular. O sea, bajo la ética de alguien que valora lo que le beneficia como bueno y lo que le perjudica como malo.

Pero una ética particular, por más que sea compartida por la mayoría de la gente y resulte “lógica”, “razonable”, etc., no se transforma en ética universal. Una ética universal nunca puede partir de las necesidades y capacidades asociadas a un rol social en particular (sea el capitalista o el obrero). Sólo puede partir de las necesidades y capacidades comunes a todos los seres humanos. Esas necesidades y capacidades son comer, dormir, vestirse, amar, realizarse, producir, etc. Entonces, juzgar al capitalismo con la ética capitalista, siempre va a resultar favorable al capitalismo. Al capitalismo hay que juzgarlo con una ética universal, humanista. Es la única manera de obtener un juicio objetivo.

Pasando a la cuestión del riesgo: no es cierto que los empleados no corren ningún riesgo. Si el capitalista se funde, los empleados se quedan sin trabajo. Si los empleados no trabajan lo suficiente para que la empresa se haga un lugar en el mercado (cuando hay otras empresas competidoras), se quedan sin trabajo. El capitalista decide a quién contrata y a quién despide, y cuándo. El capitalista arriesga un capital propio que heredó o que amasó con trabajo extra, pero ese riesgo lo corre una sola vez. El obrero arriesga constantemente el sustento de sí mismo (y de su familia, si la tiene) porque todos los días que va a trabajar tiene que rendirle a la empresa.

-El que se esfuerza por dar trabajo sigue siendo el capitalista. Si el empleado no trabaja en una empresa, trabaja en otra.

Hay que entender algo: nadie “da” trabajo a otra persona. Es un juego de oferta y demanda. El trabajo en esta sociedad es un contrato comercial. El capitalista compra fuerza de trabajo, el empleado vende su fuerza de trabajo. Y dependiendo de quien esté en mejor posición para negociar, va a ser el precio de la fuerza de trabajo. Cuanto más desempleo haya en los trabajadores mi gremio, menor salario van a ofrecer los capitalistas.

El desempleo existe, y sólo de manera muy obtusa puede explicarse el desempleo por cuestiones como vagancia. Para ciertos gremios de trabajadores especializados, escasean las fuentes de trabajo porque hay poca demanda en relación con la oferta. Para los trabajadores no especializados, la situación siempre es mala, porque son los que más sobran y por lo tanto sus condiciones de trabajo son las más precarias.

-Eso no quita que a veces los empleados se abusan del capital.

La gran mayoría de la gente en este mundo lo único que tiene para vender es su fuerza de trabajo. Entonces obviamente que el empleado está obligado a actuar como un comerciante (igual que el capitalista, que no pagaría salarios si no le conviniera) y lógicamente va a buscar el mejor precio posible. Si una vez de cada diez (y es decir mucho) es el empleado quien logra torcerle el brazo a un empleador, ¿hay que dejar de ver todo lo demás?

Los derechos laborales, la seguridad social, la jubilación, las pensiones, la jornada laboral máxima, el salario mínimo, los subsidios al desempleo, etc. no fueron dádivas de gente amable hacia los empleados ni mucho menos se debieron a una pretendida dictadura de los empleados sobre los capitalistas (¡¿dónde se vio una dictadura de los explotados sobre sus explotadores?!). Fueron reivindicaciones que la clase obrera organizada debió arrancarle al capital privado y al Estado (el capitalista público) mediante lucha y sangre derramada. Hay que conocer la historia de las cosas que existen hoy y no asumir que “siempre existieron”.

-¿Por qué los capitalistas son explotadores? Eso no es cierto. Algunos capitalistas son explotadores, otros no.

Actualmente el término explotación resulta tan políticamente incorrecto que queda olvidado su verdadera significación científica social: extracción de plus trabajo. El explotado no es quien recibe “menos de lo que merece” o, en una definición más objetiva, quien recibe menos de lo que necesita para (sobre)vivir. No importa si el patrón es bueno o malo, si trata bien o mal a los empleados, si el trabajo de los empleados es extenuante o divertido, jornada larga o jornada corta. Si el trabajador produce más valor del que percibe, es porque hay una apropiación de esa diferencia por quien le emplea, y eso es explotación. Una persona es explotada tanto si produce un valor de 10 y le pagan 1 como si produce 10 y le pagan 9. No se trata de si es justo o ético (¿según quién?) que el trabajador reciba 1 o 9. Es un simple hecho matemático: si el trabajador recibe menos de lo que produce, es explotado.

-Pero entonces, ¿se puede trabajar sin ser explotado?

Sí, como cuando trabajás limpiando tu casa o haciendo una comida para tu familia y/o amistades, o escribiendo tu diario. Todo eso es trabajo en el sentido de gasto de esfuerzo físico y mental. Pero cuando hablamos del trabajo directamente inserto en la economía capitalista (trabajo asalariado), no es posible independizarlo de la explotación.

Las cooperativas son un ejemplo de las limitaciones que tiene cambiar las cosas dentro de una empresa pero no cambiarlas en toda la economía. En las cooperativas la propiedad de la empresa es colectiva, no hay división patrón/empleados. Pero si bien los trabajadores de la cooperativa no son explotados por un capitalista, están obligados a auto-explotarse ellos mismos. ¿Por qué? Porque no pueden consumir todo el valor que producen, están obligados a asumir colectivamente el rol del capitalista y tomar parte del valor obtenido y reinvertirlo en la empresa. Una cooperativa, exteriormente, y sobre todo cuando tiene competencia, está obligada a comportarse como cualquier otra empresa capitalista.

La única forma de alcanzar una economía sin explotación es reorganizando la base económica de la sociedad en la asociación de los productores libres e iguales. Esto no es pura teoría, sino que ya se ha hecho realidad en revoluciones sociales como la de la Comuna de París, en algunas colectividades agrarias de España, etc.

En este tipo de asociación los productores de un pueblo, una ciudad, o una comuna rural se juntan y dicen:

“Bueno, vamos a organizar entre todos la economía de nuestra comunidad. Tenemos estos campos, fábricas, talleres, y oficinas. En vez de que cada una de estas unidades productivas sea una empresa privada que compita con las demás, vamos a articularlas mediante una planificación general para producir los bienes que todos necesitamos. En vez de producir para vender en competencia con otros, cada unidad productiva producirá la cantidad de bienes necesaria para los habitantes de la comunidad (y un poco más, por las dudas). Entonces, si antes teníamos 3 panaderías que producían 300 kilos de pan cuando la comunidad necesita solo 100, al abolir la competencia y dividirse el trabajo entre ellas para producir 150 kilos como máximo, nos ahorramos tener que gastar tantas horas de trabajo y recursos en producir pan irracionalmente, y esas horas de trabajo pueden destinarse a otros trabajos necesarios para la comunidad o a la cultivación, a estar con la familia, a investigar cómo ahorrar más trabajo en otras áreas, y a participar en la administración de todos los asuntos de la comunidad, etc.”

-Todo muy bonito, pero ¿de qué va a vivir la gente?

Si yo trabajaba de plomero, no voy a necesitar ejercer mi oficio por dinero para después comprar todo lo que necesito. Todos los bienes de consumo que yo necesito van a estar o en mi casa o en los almacenes comunitarios. De esta manera, puedo liberar mi oficio de la actividad de ganar dinero. Yo voy a arreglar gratis los caños de la casa del panadero porque sé que el panadero va a mandar el pan que produzca al almacén comunitario, donde yo voy a tomar el pan que necesite.

Además, racionalizando el trabajo de plomería necesario para la comunidad, se puede ahorrar el tiempo dedicado a esa tarea y no voy a tener por qué quedarme solamente en ese oficio: podré aprender otros. Hay trabajos que los puede hacer todo el mundo y por el cual se puede establecer un sistema de turnos, como barrer la calle. Hay otros donde son necesarios especialistas y se puede socializar ese conocimiento con planes de capacitación. A medida que la gente no necesite trabajar 8 horas por día todos los días de la misma cosa, puede aprender otros oficios y tareas, y las especialidades que no son tan complejas (no todos van a ser neurocirujanos) irán desapareciendo. Antes la escritura era una especialidad, por eso existían los escribas. Hoy esa especialidad no existe, porque gracias a la instrucción pública escribir está al alcance de la mayoría. Con la expansión de la instrucción pública se pueden incluir gran parte de las tareas industriales y artesanales que actualmente son delegadas a especialistas.

Si la comunidad se coordina para que cada cual ponga según su capacidad y cada cual tome según lo que necesita, los recursos serán utilizados racionalmente y las situaciones de escasez serán paulatinamente resueltas. Lo que no puede fabricarse en la comunidad, se consigue de otra donde sí se fabrique (mediante trueque, por ejemplo). Mientras tanto, se va construyendo la fábrica local (si es necesario).

Puede haber miles de objeciones a un sistema económico de esta naturaleza, y cada una de esas objeciones tendría su respuesta. Hay muchísima bibliografía que trata el tema de reorganizar la economía según la propuesta de la asociación de los productores libres e iguales. La más didáctica y completa que conozco es La conquista del pan, del anarquista ruso Kropotkin. Pero no sólo hay propuestas, sino que ha habido experiencias. A menos que se tenga la postura de “tenés 5 minutos para convencerme de la necesidad y posibilidad del comunismo”, es obvio que tiene que haber una disposición a investigar el tema por uno mismo. Así fue como aprendí yo, por interés propio y no porque conversara con alguien que tenía todas las respuestas que terminó por “convencerme”.
-Se ve que las pensaste todas, pero vamos a lo práctico: lo que querés es imposible. La gente es egoísta.

Lo que “se ve” es que esta respuesta tuya es un manotazo de ahogado. Pero la voy a responder porque te va a servir para aprender algunas cosas sobre “la gente”.
Como primer punto, la gente que habla de “la gente”, generalmente está hablando de sí misma o de lo que elige ver en sí mismo y en otros. Hay muchísimos ejemplos de altruismo y cooperación en la vida, incluso en la gente que, generalmente, es egoísta. Si siempre estuviéramos compitiendo con el otro y actuando solo para nuestro beneficio, no habría sociedad. Si pensás detenidamente en un día cotidiano tuyo, vas a ver que gran parte del mismo te la pasás cooperando con otras personas en base a necesidades comunes. Y a veces te vas a dar cuenta que estás haciendo algo donde ponés las necesidades del otro por encima de tus deseos o incluso de tus propias necesidades. Incluso si lo hacés porque es necesario para tu supervivencia, o porque el beneficiario de esa actividad altruista es hijo tuyo, o simplemente por la gratificación personal que sentís al hacerlo, la realidad es que estás haciendo algo que no es egoísta.

Vos podés haber llegado a “la gente es egoísta” analizando varios casos de egoísmo que experimentaste de primera mano. Pero es una generalización incorrecta, porque como dije antes (y como vos sabés, si elegís verlo) “la gente” también es no-egoísta.

Entonces, “la gente es egoísta” se revela como lo que es: una frase que no resiste al más mínimo análisis, y que sólo sirve como axioma para justificar comportamientos antisociales (ajenos o propios) y, por lo tanto, para dar una fundamentación (falsa) a la idea de que “nada va a cambiar”. Es una manera de seguir quedándonos en la zona cómoda de “yo tengo razón” y de evadir las responsabilidades de todo individuo hacia su especie.

Si la competencia es “natural”, la cooperación lo es aun más todavía. Vos y yo lo hemos visto en nuestras vidas cotidianas, pero también se ve en ONGs y espacios de militancia social donde gente que no pasa necesidades invierte parte de su tiempo (y a veces, dinero) en ayudar a otros.

Lo que me diferencia de vos no son capacidades intelectuales diferentes, sino que yo he tomado conciencia de que reorganizar la sociedad en base a la cooperación y al no-egoísmo[1], no sólo es posible, sino necesario para detener esta catástrofe.

-Igual es una utopía.

“Utopía” es una de esas palabras que se utiliza todo el tiempo sin conocer su significado. La utopía es una imagen idealizada del porvenir. Los utopistas sociales primero arman una sociedad perfecta en sus cabezas y después buscan la manera de ir desde donde estamos hacia esa imagen. A menudo los utopistas creen que lo que es necesario en el ahora es dedicarse a convencer a los demás de lo deseable y justo de tal objetivo, y que con ese número y a fuerza de voluntad vamos a hacer ese sueño realidad.

Marx, que puede decirse con justicia que es el fundador del comunismo teórico moderno (el comunismo práctico moderno es una creación de los proletarios desde la misma revolución francesa[2]), criticó ese enfoque de los utopistas. Él encaró la transición del capitalismo al comunismo como un problema práctico[3]a nivel histórico-mundial, y por eso estudió el funcionamiento de la economía capitalista y estudió la historia a través del prisma de los sistemas económicos y de la lucha entre las distintas clases generadas por esos sistemas económicos. La transformación consciente de la sociedad necesita de una ciencia social, y Marx fundó las bases para ella con aportes propios y de otros (antepasados y contemporáneos).

-Igualmente, esto siempre fue así y nunca va a cambiar.

Las dos afirmaciones son equivocadas. El sistema de clases sólo existe desde hace como diez mil años. En todo el paleolítico y gran parte del neolítico (esos periodos comprenden cientos de miles de años) el Homo Sapiens vivió en tribus donde no existía la explotación. Ni la explotación económica ni la del varón sobre la mujer. Los sistemas de clase con sus relaciones sociales características (Estado, familia, esclavismo, mercancía) fueron una creación bastante reciente en tiempos antropológicos.

Si hay una constante en la historia humana es el cambio. Aún en periodos donde, en apariencia, nada cambiaba en cientos de años, esto era porque se estaban sucediendo cambios cuantitativos muy graduales que en determinado momento pasaban a una transformación cualitativa. Pasa que en esta época que vivimos, y especialmente desde la última mitad del siglo XX, debido a la falta deliberada de consciencia histórica con la que se nos educa y al constante bombardeo de los medios masivos de difusión, hay una tendencia en nuestra cultura a pensar en el futuro como una prolongación lineal del presente. Hablar de que la humanidad o la sociedad siempre fue así y nunca va a cambiar es tan poco serio como decir eso de uno mismo. Quien piensa que la vida no es cambio es porque tiene una visión “fotográfica” de la vida.

-¿Entonces por qué no estamos en el comunismo? Todas las revoluciones fracasaron o terminaron en dictaduras totalitarias.

Si esto no siempre fue así y puede cambiarse, no es menos cierto decir que el cambio propuesto hacia una sociedad sin explotación es quizás la empresa más difícil de toda la historia humana. Porque hasta ahora nuestras sociedades se formaron de manera “espontánea”, sin planificación, mediante el desarrollo ciego de nuestras fuerzas productivas, que han sido el motor de los cambios en nuestras estructuras sociales (la agricultura modificó la manera en la que la gente se relacionaba con el ambiente y consigo mismo, lo mismo hizo la industria).
Si el sistema de clases existe desde hace 10.000 años es muy poco serio pensar que va a ser superado en unos pocos años o incluso en un solo siglo, sin errores. Esta lucha por suprimir el sistema de clases existe desde hace dos siglos, por lo menos. Desde la misma revolución francesa que el movimiento comunista, generalmente con base en el movimiento obrero[4], viene luchando contra el capitalismo por una nueva sociedad sin explotación. Obviamente estas luchas fracasaron. Para desgracia de la humanidad, el capitalismo las ha sobrevivido. Ha habido muchos errores en estas luchas, característicos de la forma de pensar que no rompen con el sistema, por más que así lo reclamen[5]. Si se ve todo esto desde el prisma inmediatista y resultadista que suele predominar en el análisis de los procesos sociales, entonces “el comunismo fracasó” y no puede haber otra cosa que capitalismo. Pero si se ve todo esto desde un prisma verdaderamente histórico-mundial, se concluye que los últimos dos siglos que pasaron han sido de preparación, y que las batallas más decisivas por la auto-superación de la humanidad vendrán a partir de este siglo[6].

La transición hacia una sociedad sin explotación no es un problema que pueda ser resuelto por un partido o por un solo sector de la sociedad, sino por la gran mayoría de la humanidad[7]. Una profunda transformación social como la planteada no puede suceder sin una profunda autotransformación de los individuos. Autotransformación que debe ser encarada como una tarea práctica a afrontar ahora, y no en un futuro lejano.

Por eso quien califica a la asociación de los productores libres e iguales como utópica e imposible, en realidad lo que está diciendo es que no cree que él mismo sea capaz de vivir asociado en libertad e igualdad. Quien es escéptico de la auto-superación de la humanidad es porque es escéptico de su propia auto-superación. Quien habla negativamente de “la gente” piensa mal de sí mismo…

-Me parece que respondés de una manera muy terminante y soberbia.

Es posible. Es que cuando escucho a la gente repetir con tanta seguridad lo que dicen desde las usinas ideológicas del poder me da algo de bronca por su pereza intelectual y quiero que la vean.

Veo mucho egoísmo en las discusiones comunes sobre política y sociedad. Mucho de “lo que no me gusta es malo, lo que me gusta es bueno”. Se piensa exclusivamente desde el propio lugar o desde el propio grupo o sector. No se cultiva una visión de la totalidad porque no hay motivación para pensar más allá del ombligo y de los beneficios o perjuicios inmediatos. Tampoco se cultiva la actitud de ponerse en los zapatos del otro.

Eso lo veo concretamente cuando la gente se aferra como de un clavo ardiendo a una anécdota o hecho que fundamente su visión de la realidad, negándose a reconocer otros hechos u otras perspectivas para ver los hechos. Si una persona muerde a un perro seguro que sale en todos los diarios, pero no por eso vamos a dejar de pensar que generalmente ocurre al revés. Bueno, en este caso lo que veo es que la gente repite todo el tiempo la noticia de la persona que mordió al perro para sentenciar que hay la misma posibilidad de que pase una cosa u otra, o de que los perros casi nunca muerden a las personas.

Hay gente que forma su opinión a partir anécdotas o de los hechos que más se ajustan a sus preferencias ideológicas, y ahí es cuando se escuchan cosas como “el que es pobre es porque es vago”.

Si tuviéramos la misma actitud para nuestra vida práctica que para hablar de la sociedad y la naturaleza humanas (temas que frecuentemente quedan relegados a charlas de café, publicaciones de auto-ayuda o asados), no sobreviviríamos ni un día. Para cosas como hacer la comida, cruzar la calle o pagar una boleta nos manejamos adaptando nuestro pensamiento y movimiento a la complejidad de la tarea a realizar. Pero lo que reina en la cultura actual (y no es casual, es deliberado) es una gran falta de formación y de motivación para reflexionar sobre la vida humana con la seriedad y la complejidad que se merecen (y seriedad y complejidad no son sinónimos de volverse un doctor).

Es para torcer la rama para el otro lado que articulo mis respuestas de manera lo más sólida posible, atacando de manera vehemente (con cuidado de no herir susceptibilidades, lo que a veces no es posible ni deseable) a las formas de pensar que son erróneas y, además, dañinas, porque la falta de consciencia resulta en infelicidad y sufrimiento evitables. Varias veces he constatado que el enfoque “humilde” no funciona porque les permite a los interlocutores seguir en su zona cómoda. Entonces, si voy a ser acusado de soberbio, prefiero serlo defendiendo la posibilidad de que la humanidad se supere a sí misma que defendiendo la posibilidad contraria.

[1] O, por lo menos, un egoísmo más inteligente que el actual, que es un egoísmo imbécil que sólo nos sirve para una felicidad efímera basada en lo material, pero amenaza nuestra supervivencia como especie.

[2] Ver Historia de la Revolución Francesa, de Kropotkin.

[3] “Práctico” es otra palabra bastardeada. En esta cultura de la velocidad y del pragmatismo, “práctico” aparece como sinónimo de concreto, inmediato, sencillo, tangible.

[4]Todos somos criados y educados en esta sociedad capitalista donde las ideas y valores éticos dominantes son los del capitalismo. Por lo tanto el obrero, generalmente, piensa como burgués y no pocas veces puede esgrimir los mismos pensamientos anticomunistas que los voceros de quienes le explotan (esos mismos que los acusan de subversivos o de comunistas cuando hacen huelga por aumento de salario).

[5] El golpe de Estado del partido bolchevique -que se reclamaba marxista y comunista- terminó por erigir una forma de capitalismo brutal caracterizada por el totalitarismo del Estado-Partido. Estos regímenes han asociado la palabra comunismo a su naturaleza anticomunista, y han asociado al marxismo a su ideología de Estado, haciendo de esta manera un gran favor a la propaganda pro-capitalista.

[6] Hay innumerables datos que señalan la decadencia de la civilización capitalista que estamos viviendo. Será en las próximas décadas, por lo tanto, donde se plantee claramente la disyuntiva de superar esta forma de vida alienante o extinguirse.

[7] Generalmente la humanidad explotada, porque la humanidad que se beneficia de este sistema de explotación está muchísimo más condicionada psicológicamente como para tomar consciencia de que esta forma de vida nos lleva a la extinción y de que debe ser transformada desde la raíz.

Final y… ¿principio?

Un diálogo como el presentado puede tener dos finales. El primero, lamentablemente muy predecible, es:

-Bueno, si vos querés desperdiciar tu vida en esas pavadas hacélo, yo sigo con la mía.

El segundo, que requiere cierta dosis de modestia que no abunda cuando se habla de estos temas, es:

-No estoy convencido, pero voy a buscar más información.

En el primer caso, a la mierda, aunque no creo que hayas llegado hasta acá. En el segundo, quiero prevenir que en todo lo que dije arriba hay muchísimo conocimiento sintetizado. Podría citar mucha bibliografía pertinente para todo lo que dije, pero sería un trabajo extra y, además, no me parece lo más importante.

Lo más importante me parece crear consciencia sobre un asunto: la vida social humana sólo puede abordarse seriamente desde una perspectiva de lo complejo, y esto requiere no sólo estudiar y leer sobre datos e historia, sino educar la propia mente para abordar los problemas complejos de una manera compleja. Requiere de una formación teórica. En las cuestiones sociales, el debate capitalismo vs comunismo pone a prueba el temple intelectual y ético de las personas, porque es un tema que genera muchos partidismos y donde es difícil autodisciplinarse para construir una posición objetiva.

Pero también hay una “trampa” en todo esto. La realidad es que quienes más interesados están en formarse teóricamente para estudiar las cuestiones problemáticas de la vida social humana son quienes tienen una motivación para contribuir a resolverlas. Es muy raro que alguien se tome este trabajo de investigación, reflexión y discusión si no piensa hacer nada al respecto.

Salvo para los adeptos a la contemplación, la motivación para buscar la verdad es generalmente la acción. La motivación de buscar argumentos para autoafirmarse y monopolizar discusiones de “política” no es suficiente para esta labor que propongo. Tiene que haber un sincero interés por participar en la auto-superación de la humanidad. Y cuando digo interés no me refiero a esas sensaciones efímeras tipo “me gustaría saber algo más de tal tema”; me refiero a una necesidad existencial expresada en una manera concreta, hacia una dirección particular.

Si compartís esa necesidad conmigo, te recomiendo 3 textos para seguir, todos ellos los encontrás fácilmente en Google.

El Manifiesto Comunista, de Karl Marx y Friedrich Engels.
La conquista del pan, de Piotr Kropotkin
El placer de la revolución, de Ken Knabb


Si no compartís esa necesidad ni creés que nunca lo vayas a hacer, espero que este texto te haya resultado una lectura “interesante”
Fuente: http://el-radical-libre.blogspot.com/2010/01/capitalismo-y-comunismo.html